Existen ocasiones en las que parece que un ser sobrenatural nos castiga al mandarnos fenómenos naturales de proporciones bíblicas, todos al mismo tiempo. Es así cómo en México no habíamos terminado de pasar de una alerta de huracán a otra, cuando nos vino a mover el piso un sismo de 8.4 grados.

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Pero, por mucho que los políticos nos quieran hacer creer que las desgracias que siguen a estos fenómenos son “inexplicables”, en realidad, vivimos en un área donde estos ocurren comúnmente, e incluso, se ha analizado la manera en la que están vinculados unos con otros.

Existen varios ejemplos de ello. Estudios que utilizan datos de terremotos y ciclones o lluvias fuertes en Taiwán, Haití, Alemania, Francia y Suiza han encontrado que los huracanes y ciclones usualmente anteceden movimientos sísmicos. En California, se ha relacionado la presencia de hielo y agua con temblores menores a 2.5 grados, imperceptibles para los humanos.

¿Cómo es que podemos explicar esto?  Los geólogos y sismólogos que realizan estas investigaciones argumentan que la erosión y deslizamientos provocados por períodos intensos de lluvia o deshielo generan cargas de sedimentos que contribuyen a la acumulación de estrés en fallas tectónicas. Este estrés acumulado se disipa poco tiempo después en forma de sismos y terremotos.

Sin embargo, esto no quiere decir que el agua provoque terremotos, sino que, en zonas donde ya existe una alta actividad sísmica, los fenómenos climáticos contribuyen generando pequeños disturbios que terminan “adelantando” algo que iba a pasar de todos modos.

Entonces, si los huracanes no son causantes de los terremotos ¿por qué es importante saber esta información? Por un lado, si vivimos en una zona geográfica donde ambos fenómenos son comunes, lo más sensato sería tener políticas públicas de prevención que anticipen de manera integral las consecuencias de varios fenómenos naturales. Nuestras viviendas e infraestructura deberían de ser construidas pensando que en cualquier momento nos puede caer un Katia y que al día siguiente nos pesque un terremoto de más de 8 grados en escala Richter, como ocurrió ayer. El problema es que vivimos en un país donde se destina 22 veces más dinero a la atención post desastre que al Fondo para la Prevención de Desastres Naturales (o FOPREDEN para los cuates). Es decir, tenemos un enfoque donde después de temblado se reparten bolillos, en lugar de evitarnos el susto en primer lugar.

No sólo eso, sino que además, tanto terremotos como huracanes dan lugar a otro tipo de fenómenos: los deslaves. Si combinamos todo esto con el hecho de que no estamos preparados para ninguno, y que además se volverán más intensos y frecuentes debido al cambio climático, tenemos un escenario de alto riesgo donde la probabilidad de que ocurra un desastre es muy grande, como lo hemos visto en los últimos días.

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Te invitamos a seguir informándote y a ser solidario con las personas que han sido afectadas. Hagamos juntos un México más fuerte, en el que no exista la corrupción, inequidad y falta de información que convierten en desastres los bellos fenómenos que nos brinda nuestro planeta vivo.